Tiene 62 años, ama la naturaleza y habla del bienestar como quien habla de algo que se puede tocar: una conversación tranquila, una buena cama, una familia reunida, una tarde sin afán. Le gusta apoyar, ayudar, articular. Y hay una idea que atraviesa todo lo que dice, como una certeza aprendida con los años: solos no somos capaces.
Por eso su historia no se cuenta solo en singular. Se cuenta en familia, en comunidad, en vecinos, en mujeres que encontraron trabajo, en personas que llegaron cansadas y se fueron como nuevas. Se cuenta en Fincatel Lagos del Citará, en Ciudad Bolívar - Antioquia, un proyecto familiar que nació de una conversación en casa y fue creciendo con esfuerzo, compromiso y mucho amor por la región.
Hilda dice que querían crear un lugar para que las familias pudieran venir a descansar, conversar, quererse, estar en contacto con la naturaleza. Un lugar para bajar el ruido.
Porque Hilda defiende algo que a veces se nos olvida: “no hacer nada” y de forma contundente afirma que es muy válido. Descansar también es una forma de bienestar. Tirarse en una manga a leer. Tomarse una limonada. Estar con los hijos. Dejar el celular quieto. Volver a conversar.
Quizá por eso tantas personas llegan a la finca y terminan contándoles cosas. Historias de familias que se reconcilian, parejas que vuelven a hablar, gente que recuerda lo importante cuando por fin se sale del afán. Y Hilda recibe esas historias con gratitud, como si cada una confirmara que sus sueños sí tenían sentido.
Pero antes de este lugar hubo otra vida —igual de intensa— en la que también abrió camino. Hilda estudió Administración de Empresas y trabajó 30 años en la banca. Hizo carrera en Davivienda, fue directora de oficina y se jubiló después de una trayectoria construida con disciplina y pasión. Lo cuenta con orgullo, claro, pero también con mucho cariño por lo aprendido: liderazgo, servicio, compromiso, amor por el trabajo bien hecho.
Y, sin embargo, lo más lindo es que su historia con los bancos empezó mucho antes, cuando era niña. Su papá la llevaba a hacer vueltas, y ella soñaba con estar sentada allá, en un escritorio y todos los años, de forma sagrado le pedía uno al Niño Jesús. Jugaba con hojitas de café como si fueran billetes y ponía a sus hermanitos a “pagar”. Y aunque muchos vieran solo una niña jugando a lo que después sería su oficio, ella estaba convencida de que estaba era proyectando su futuro.
Ese futuro llegó. Empezó desde abajo y creció rápido. Siempre fue una mujer disciplinada, emprendedora, de las que no esperan a que las cosas pasen solas. Por eso la jubilación no le cayó como punto final. Ella misma cuenta que solo unos meses antes entendió de verdad que se iba a jubilar. Sintió que estaba dejando su casa, su rutina, una parte de su vida. Y en vez de apagarse, hizo lo que hacen muchas mujeres que no conocen quietud cuando todavía tienen tanto por dar: convirtió el cierre en comienzo.
Ya tenía, junto a su familia, este proyecto andando. Entonces decidió meterse de lleno. Quería seguir siendo útil. Quería generar empleo. Quería que la plata circulara en la zona. Quería que el trabajo se quedara en el territorio.
En temporadas altas, la finca hotel puede reunir a cerca de 30 personas trabajando. Son hogares de la zona. Madres cabeza de hogar. Vecinos del corregimiento. Personas que llegan en la mañana, trabajan y vuelven en la tarde a sus casas para estar con sus hijos. También el guía, el jardinero, gente del mismo territorio.
Hilda habla de eso con una emoción serena, de esas que no necesitan grandes palabras: saber que su proyecto también significa bienestar para otras familias.
Y lo más bonito es que no se queda en contratar. Ella acompaña. La historia de Nydia lo cuenta mejor. Cuando llegó a la finca, venía de la cosecha de café. Tenía miedo, no sabía del trabajo en hotelería, todo le parecía demasiado grande. Hilda le mostró las llaves de las habitaciones y Nydia se puso a llorar: decía que no iba a ser capaz.
Hilda hizo algo que cambia vidas cuando llega en el momento justo: le prestó confianza. Le dijo que sí podía. Que le iban a enseñar. Que lo harían juntas.
Hoy Nydia es jefa de camareras. Lidera a otras mujeres, trabaja con compromiso y cuida a los clientes con una calidez que se nota. Hilda la nombra con orgullo, pero sin paternalismo, como quien reconoce el mérito de alguien que floreció cuando tuvo la oportunidad.
Ahí también hay una barrera rota. No con discursos, sino con hechos: una mujer que confía en otra, la forma, la impulsa y la acompaña hasta verla crecer.
Así es también la manera en que Hilda entiende el emprendimiento: con visión, sí, pero sobre todo con cuidado. Lo cuenta entre risas en una anécdota muy suya. Cuando empezaban, su esposo compró unos colchones y ella fue a probarlos durmiendo una noche en una cabaña. Al otro día amaneció molida. Entonces dijo algo que terminó volviéndose regla del lugar: si la gente viene aquí a descansar, todo tiene que estar pensado para su descanso.
Desde ahí han crecido: despacio, a la capacidad que tienen, pero con calidad. Pensando en el cliente. Poniéndose en su lugar. Haciendo poquitico, pero bien hecho.
Y en ese camino, también reconoce a quienes han acompañado el proceso. Hilda habla de Comfenalco Antioquia con gratitud genuina, porque lo ha vivido en la práctica: formación, cursos, apoyo a la formalización, certificaciones para su equipo, herramientas para fortalecer el negocio y cuidar mejor a las personas. Para ella, esa presencia en los pueblos y en las veredas sí se siente, sí llega, sí suma.
Por eso, cuando habla de lo que significa ser mujer, no lo vuelve consigna. Lo vuelve vida.
Dice que ser mujer la llena de orgullo porque puede generar empleo en la zona, aportar a la comunidad, llevar bienestar a los hogares de las mujeres que trabajan con ella. Y en esa frase se entiende todo: su manera de liderar, de servir, de emprender, de hacer país.
Hay mujeres que rompen barreras como Hilda, que además de abrirlas, se quedan al lado para que otras también pasen.