Basta escucharlo hablar de su familia para saber que sus canciones nacen de otro lugar.
Del día a día, de lo simple, de lo que de verdad importa.
“Si estoy trapeando, eso es pensando… si estoy lavando, fluyen las ideas”.
Así escribe. Entre oficios, entre pensamientos, entre momentos que para muchos pasan desapercibidos, pero que para él lo son todo.
Es padre, es esposo. Y su mayor orgullo no está en la música, sino en su casa, en su hijo. En una fila, esperando un kit escolar, entendió algo que no se le olvida:
"Papá, ¿cuándo vamos por el kit de Comfenalco? A mí me gusta el bolsito… los colores… yo sé que ahí voy a escribir cosas que lo van a hacer sentir orgulloso de mí”.
Mientras el niño imaginaba, Loperita observaba. Y en ese instante comprendió que no se trataba solo de cuadernos o zapatos.
“Cuando uno recibe un kit, la alegría no es solo del niño… se siente en toda la familia”.
Ese día, en el parque, escuchó a otro niño decirle a su mamá: “mamá, gracias a Dios ahora sí voy a estrenar zapatos”. Y ahí todo tomó sentido. No era solo un objeto, era dignidad, oportunidad e ilusión. “Comfenalco no da solo un cuaderno… deja huella”.
Cuando su hijo recibió el kit, lo abrazó y le dijo: “papá, ahora sí vamos a escribir canciones”, Y así fue.
Porque Loperita no agradece con discursos. Agradece como sabe hacerlo: componiendo. “Yo no le hice un homenaje solo con el corazón… lo hice con el alma”.
Para él, hay cosas que no se explican. Se sienten. Como ese momento, como ese brillo en los ojos de su hijo, como esa certeza de que hay huellas que se quedan para siempre.
Y algunas de ellas… terminan convertidas en canción.