Huele a arequipe recién revuelto, a fruta del campo y a historias que se cuentan mientras la olla hierve bajito. Así empezó Dulces del Jardín, en una calle donde el sabor también tiene memoria.
Es una casa grande, viva, rodeada de flores y colores. Desde la entrada se siente que allí pasan cosas: frascos alineados con cuidado, estantes llenos de dulces, fotografías familiares, reconocimientos colgados en las paredes y, observándolo todo en silencio, un Sagrado Corazón de Jesús que acompaña cada jornada. Es hogar, es taller, es empresa. Es el mundo de Mariela Arango Jaramillo.
Mariela empezó como empiezan muchas historias en Antioquia: desde lo cotidiano. En su cocina se preparaban jalea de pata y gelatina, dulces tradicionales que habitan la memoria de los pueblos y las sobremesas largas. Eran sabores conocidos, criollos, profundamente nuestros. Pero en cada preparación había algo más: curiosidad, intuición y ganas de probar un poquito distinto.
Con el tiempo, esa curiosidad se volvió camino. Mariela empezó a imaginar sabores, a mezclar ingredientes poco comunes, a ensayar sin miedo. Cada error traía una idea nueva. Cada intento abría una posibilidad. Así fue naciendo Dulces del Jardín, una empresa familiar construida con paciencia, creatividad y fe.
Un día cualquiera, caminando por el pueblo, Mariela se detuvo al ver su flor favorita: una rosa. La miró como quien encuentra un ingrediente escondido. Llamó a su hijo:
—Mijo, espéreme un momentico, que de esta rosa voy a sacar un dulce.
Él se rió, sorprendido:
—Ay, ma… usted creando tantas bobadas.
La rosa llegó a la cocina. Hubo pruebas, tiempos largos, cuidado extremo. De ese proceso nació el arequipe de pétalos de rosa, uno de los dulces más complejos que ha creado y también uno de los más especiales. Al día siguiente, cuando el dulce estuvo listo, Mariela le dijo a su hijo con la serenidad de quien confía en lo que hace:
—Mijo, de estas bobadas es que nosotros vivimos.
No se equivocó. Ese dulce le ha dado premios y reconocimientos en escenarios como Antójate de Antioquia, y se convirtió en símbolo de su manera de crear: imaginar, insistir y creer.
Pero la historia de Mariela viajó aún más lejos. Hace algunos años, una visita inesperada llegó a su casa. Entre turistas que recorrían Jardín, un sacerdote del Vaticano probó sus dulces. El pedido fue especial: dos anchetas rumbo a Italia. Dentro iban bocadillos de uchuva, trufas, café cubierto de chocolate, arequipes… y un pedacito de esta tierra.
Meses después llegó la llamada. Desde El Vaticano agradecían los dulces. Papa Benedicto XVI los había probado y los había bendecido. Poco después llegaron dos pergaminos que hoy cuelgan en la casa, cuidados como un tesoro, recordándole a Mariela que lo que se hace con amor siempre encuentra su camino.
La vida también le ha enseñado otras lecciones. Mariela conoce la pérdida, la violencia y las crisis económicas. Hubo momentos duros, silencios largos y días de incertidumbre. Aun así, siguió adelante. Junto a su esposo, sus hijos y personas del municipio, levantó una empresa que hoy genera empleo, orgullo y sentido de pertenencia.
En Dulces del Jardín se elaboran arequipes de arracacha y ahuyama, mermeladas de uva isabela o kiwi, chocolates, galletas y sabores poco convencionales que sorprenden a quien entra. Todo se hace allí mismo, en esa casa-jardín donde cada rincón cuenta una historia y cada dulce lleva algo más que azúcar: lleva tiempo, fe y memoria.
Desde Comfenalco Antioquia acompañamos y apoyamos empresas como la de Mariela, porque creemos en las manos que transforman tradición en futuro, en las ideas que nacen del territorio y en las historias que sostienen familias enteras.
Entrar a Dulces del Jardín es más que comprar un antojo.
Es respirar Antioquia.
Es tocar una historia.
Es probar un sabor que se hace despacio… y se queda en la promesa del siempre volver.