Un Laboratorio de Vida entre 22 hermanos
El Urabá antioqueño no solo es una tierra de exhuberancia y fertilidad; para Enilda, fue el escenario exacto donde aprendió a habitar el mundo. Nacida en Nueva Colonia, corregimiento de Turbo donde hoy se levanta Puerto Antioquia, creció en el seno de una familia numerosa de la migración cordobesa. Entre 22 hermanos, el diálogo no era una opción, sino una escuela diaria.
Ese entorno lleno de afecto, comida, calor humano y naturaleza fue su primer laboratorio de negociación y comunicación. Aprender a resolver los conflictos diarios desde el amor y la ecuanimidad forjó los cimientos de la mujer que más tarde llevaría ese liderazgo a escenarios internacionales.
La Tierra, el desarraigo y las cicatrices del conflicto
Para Enilda, la naturaleza nunca ha sido algo ajeno: «Los seres humanos somos suelo, somos naturaleza; la naturaleza soy yo y yo soy ella», reflexiona al recordar la sensación imborrable del pasto bajo sus pies infantiles o los baños en el río junto a sus hermanos. Sin embargo, la historia de esa riqueza territorial también ha estado marcada por las sombras de la guerra.
La violencia tocó a su puerta por partida doble:
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El primer zarpazo: el secuestro de su padre y un primer desplazamiento forzado a manos de las guerrillas.
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El segundo impacto: en los años 90, el asesinato de su padre y el despojo de sus tierras tras un nuevo desplazamiento impulsado por grupos paramilitares.
Afrontar el dolor no fue un proceso lineal. Enilda reconoce haber sentido ira y un profundo deseo de confrontación al escuchar de frente a los victimarios en las audiencias de paz. No obstante, entendió que el perdón no es disculpar el hecho, sino elegir liberarse de las cadenas del resentimiento:
«Sufrimos un hecho victimizante, pero eso no es lo que somos. Yo soy Enilda. Elegí sanar para no dejar que el dolor devore mi mensaje de luz».
De la psicología social a las misiones de paz en África
Impulsada por el deseo de comprender la mente humana y ayudar a mitigar el sufrimiento, Enilda se formó como psicóloga social y realizó una maestría en Estudios Urbanos y Ambientales. Su vocación de servicio la llevó a trabajar con organismos internacionales y en el Consejo Noruego para Refugiados.
Su labor humanitaria cruzó fronteras:
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Atención a migrantes: recorrió desde Panamá y Honduras hasta el sur de México acompañando a quienes lo perdieron todo.
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El Cuerno de África: viajó a países como Kenia y Etiopía para comprender el desarraigo de quienes no solo pierden su hogar, sino también su país natal.
Ese contacto con otras realidades le devolvió una perspectiva transformadora: sanar al otro es también sanar la propia historia.
El Retorno a Surikí a construir metáforas de esperanza
Tras recorrer el mundo, la vida la trajo de vuelta a su origen. Hoy, Enilda lidera Surikí, una reserva natural en el Urabá que representa mucho más que un ecosistema protegido: es un símbolo de retorno, resistencia y sanación.
Para ella, el Urabá necesita «buenas metáforas para soñarse como territorio», más allá de la agroindustria o los puertos. Surikí se erige como una selva que permitió sanar las heridas del pasado y que hoy abre sus puertas como un santuario de biodiversidad única, donde la vida se reinterpreta y renace como el ave fénix.
El Viaje Continúa
Enilda sigue transformando su dolor en un mensaje vivo para el país. Entre sus planes personales, sueña con tomar la carretera junto a su hijo Nicolás y recorrer Sudamérica hasta la Patagonia. Un viaje más en la vida de una mujer que demostró que, sin importar cuán profundo sea el desgarro, siempre es posible volver a la tierra, pisar el pasto descalzo y florecer.
Esta crónica forma parte de las memorias narrativas del videopodcast “Esta historia también es tuya”, un espacio para visibilizar el liderazgo, el trabajo con propósito y el impacto social en nuestros territorios.