Cuando habla, sonríe.
Cuando recuerda, se quiebra un poco.
Y cuando cuenta su historia, uno entiende que hay maestros que enseñan materias… y otros que simplemente aprenden a sostener vidas.
Luisa soñó primero con ser doctora. No era un capricho infantil. La medicina le habitaba el cuerpo desde pequeña. Le gustaban los hospitales, el cuidado, las heridas, la posibilidad de aliviar el dolor de otros. Quería estudiar pediatría, quería sanar niños.
Pero la vida, como suele hacerlo, movió el camino antes de que ella pudiera decidirlo del todo.
Se presentó a medicina y no pasó. Entonces apareció otra puerta: la Universidad de Antioquia. Y aunque inicialmente pensó entrar a Educación Especial casi como una ruta alterna, terminó estudiando Licenciatura en Pedagogía Infantil.
Entró creyendo que sería algo temporal, pero salió transformada, porque mientras estudiaba, también intentaba entenderse a sí misma.
La separación de sus padres cuando tenía ocho años le había dejado heridas silenciosas. Había vivido episodios de ansiedad, tristeza profunda y momentos que deseaba borrar de su memoria. Pero en medio de las clases, del psicoanálisis y de los procesos universitarios, empezó a descubrir algo que cambiaría su manera de ver el mundo: antes de enseñar, había que comprender al ser humano... ¡Y ahí empezó realmente su vocación! No desde la teoría, no desde los libros, comenzó desde las heridas.
Con los años llegó la maternidad. Llegaron sus hijos. Llegó la familia que siempre soñó construir; sin embargo, también llegó el derrumbe inesperado de ese sueño cuando terminó una relación de 17 años con el padre de sus hijos.
Muchas personas se habrían quedado en la caída. Ella no.
Mientras reconstruía su vida, comenzó también a mirarse como mujer, no solamente como mamá o esposa. Empezó a viajar. A ir al mar. A sentirse viva otra vez. A entender que todavía tenía sueños pendientes.
Pero incluso en medio de esa transformación personal, el destino seguía acercándola a aquello que había amado desde niña: los hospitales.
Un día apareció una convocatoria laboral. Y sin saberlo, terminó entrando al mundo de la pedagogía hospitalaria. Ahí descubrió que su sueño de ser doctora nunca se había ido. Simplemente se había transformado: ya no sanaba cuerpos desde la medicina, ahora acompañaba dolores desde la educación.
Visitaba niños enfermos en sus casas. Llevaba la escuela hasta habitaciones donde había diagnósticos complejos, quimioterapias, miedo y familias agotadas. Iba cada ocho días, a veces dos veces por semana y, poco a poco, dejaba de ser “la profe” para convertirse en compañía, en presencia, en alivio.
Recuerda especialmente a una niña de 13 años con trasplante de médula ósea. Una adolescente que soñaba con usar un vestido morado de quinceañera. Pero que también le decía a su mamá que, si moría antes, quería que la enterraran con él.
Luisa acompañó ese proceso durante más de un año.
La mamá necesitaba salir a reclamar medicamentos, hacer diligencias médicas o simplemente respirar un poco y entonces la profesora se quedaba allí, cuidando a la niña, haciendo tareas, conversando, creando incluso planes de emergencia por si algo ocurría... ¡Hasta que ocurrió!
La niña murió. Y aunque el tiempo ha pasado, Luisa todavía habla de ella como si siguiera habitando algún rincón de su memoria. Porque hay estudiantes que dejan notas en los cuadernos… y otros que dejan marcas en el alma.
Ese episodio le enseñó a mirar la muerte de otra manera; pero, sobre todo le enseñó algo que hoy define toda su forma de educar: detrás de cada estudiante hay una historia que nadie ve.
Por eso ahora, desde las aulas de Comfenalco, acompaña jóvenes que muchas veces han sido rechazados por otros colegios, estudiantes señalados por su comportamiento o por las circunstancias que llevan a sus espaldas. Y ella insiste en verlos distinto.
En sus clases intenta que los estudiantes encuentren algo más que contenidos. Quiere que encuentren respeto, escucha, acompañamiento, humanidad. Ella misma lo resume de una forma sencilla: “Yo vengo a trabajar con personas” Y quizá ahí está la esencia de todo, porque Luisa entendió que enseñar no es llenar cuadernos; es tocar vidas sin saber cuánto pesa la historia que el otro viene cargando.
Hoy sigue levantándose temprano. Sigue viajando largas horas para llegar a sus estudiantes. Sigue sonriendo, incluso cuando la vida le ha dolido. Sigue siendo mamá, amiga, mujer, profesora.
Sigue siendo esa niña sensible que un día soñó con salvar personas. Solo que la vida le mostró que no todas las formas de salvar necesitan un estetoscopio.