Entre las hojas cuelgan las mazorcas, todavía con rocío, y unas manos las recogen una a una. Ahí camina Yanira Ortiz, entre los surcos que ella misma decidió sembrar cuando casi nada estaba a su favor.
Yanira es bogotana, estudió Medicina Veterinaria en la Universidad Nacional, con énfasis en ganadería, aunque el campo ya la llamaba desde antes: su mamá la regañaba de niña por llevar a la casa animales de todo tipo. Después de graduarse, trabajó recorriendo ganaderías por toda Antioquia. Pero su sueño era otro: tener una finca propia.
Ese sueño se cumplió en Yalí, zona del Nordeste, cuando un amigo le avisó de un predio en venta. Con la tierra ya en sus manos, primero intentó con ganadería. No funcionó. Fue entonces cuando alguien le sugirió un cultivo que empezaba a sonar en la región y que se adaptaba bien al clima: el cacao.
Empezaron de cero, literalmente: hicieron su propio vivero, aprendieron a injertar, se metieron de lleno en el manejo cultural del cultivo. El primer chocolate lo hicieron entre amigos, con una máquina casera y una tostadora artesanal que construyó el suegro de Yanira. Salieron a ferias. La gente empezó a comprar. Y ahí entendieron que tenían algo con potencial real.
Pero no fue un camino lineal. Sin maquinaria propia, Yanira buscó durante meses quién pudiera transformarles el cacao, hasta encontrar una empresa de chocolatería en el Nordeste que aceptó maquilarles el producto. La primera entrega fueron apenas 20 kilos. "Yo decía Dios mío, ¿en qué momento voy a vender 20 kilos?", recuerda. Ese mismo año, 2016, esos 20 kilos se vendieron por completo, y Yanira fue seleccionada como mujer cacaocultora representando a Antioquia.
Hay un momento que Yanira no necesita dramatizar para que se sienta su peso. Una tarde, ella y su esposo estaban solos en la planta. Cerca de las cinco, él le dijo que no seguía, que el proyecto no había salido. Ella no dudó en su respuesta: si él quería irse, podía tomar un bus a Medellín, pero ella se quedaba insistiendo. Horas más tarde, cerca de la medianoche, él volvió a decirle algo distinto: "hagámoslo otra vez, empecemos otra vez de nuevo". Y ahí, dice Yanira, fue cuando de verdad les empezó a dar resultado.
No fue la única vez que tocó volver a empezar. La primera tostión del cacao el proceso que Yanira describe como el más fuerte y más difícil de recordar no salió con las características visuales necesarias para vender. Tocaba buscar por un lado, buscar por el otro, y empezar de nuevo. Otra vez.
En 2022, Yanira registró legalmente su empresa: Cantero. Lo que había empezado como una necesidad familiar se convirtió en una marca con su propio nombre. El siguiente sueño fue tener una planta de transformación propia, aunque el capital era la pregunta constante. La respuesta llegó al postularse a Fondo Emprender.
El diseño de esa planta lo hicieron ella y su esposo en un papel, un domingo a la vez, porque él trabajaba de lunes a sábado en su empleo formal. Tal como lo dibujaron en ese papelito, así quedó construida.
Para Yanira, Cantero es, en sus propias palabras, "como un hijo": algo que se hizo desde cero, con las manos, con insistencia. Por eso, en el diseño de su empaque quiso rendirle homenaje a la mujer cacaocultora, a las productoras que como ella sostienen sus proyectos y sus familias desde el campo.
La mayor satisfacción, dice, no está en las cifras sino en algo más simple: que le digan que el producto es bueno, que gusta, que alguien se lo recomendó a otra persona.
Hoy Cantero Cacao es una empresa formal, con planta propia y una historia que empezó con 20 kilos de incertidumbre. El siguiente horizonte para Yanira ya está definido: llegar al mercado internacional.
Su historia no es solo la de una empresaria del cacao. Es la historia de una mujer que convirtió las dificultades en raíz, y la raíz en un proyecto que hoy representa a Antioquia. Y es, también, la historia de muchas mujeres que hoy le apuestan a salir adelante desde el campo.
Porque las raíces más fuertes son las que crecen después de la tierra más difícil.